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	<title>El blog de José Luis Pittamiglio Olmedo</title>
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	<description>Escritor, columnista de EL ECO</description>
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		<title>Un cumple muy especial</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Jul 2011 21:53:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>joseluispittamiglio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Por J. L. Pittamiglio Olmedo Hace un tiempo, en uno de los denominados “Talleres de la memoria” –que me permito recomendar porque nos ayudan mucho a los adultos mayores- nos invitaron a los asistentes a hablar sobre alguna fecha que tuviera un significado especial en nuestras vidas, sin importar la época en la que había [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=joseluispittamiglio.wordpress.com&amp;blog=8189298&amp;post=24&amp;subd=joseluispittamiglio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por J. L. Pittamiglio Olmedo</p>
<p>Hace un tiempo, en uno de los denominados “Talleres de la memoria” –que me permito recomendar porque nos ayudan mucho a los adultos mayores- nos invitaron a los asistentes a hablar sobre alguna fecha que tuviera un significado especial en nuestras vidas, sin importar la época en la que había tenido lugar, ni el carácter, pero que hubiera dejado una marca imborrable en nuestra memoria. </p>
<p>A todos nos pasa, sin excepciones, que conservamos en el recuerdo distintas fechas de acontecimientos familiares, laborales, sociales, etc., habitualmente agradables, aunque también de los otros. Como por suerte no constituyo ninguna excepción a la regla, repasé mentalmente fechas y hechos del tipo expresado y no tuve la más mínima duda en elegir la del 16 de julio de 1950. Ese día (¡¡qué veterano que estás J.L.!!) yo cumplía mis quince años y ese día la Selección de Uruguay jugaba contra Brasil la final en Maracaná, ganando y obteniendo su cuarto título máximo a nivel del fútbol mundial. ¡¡Casi nada lo del ojo!! </p>
<p>El festejo de los cumpleaños de 15, tradicionalmente, ha estado reservado para las niñas, con fiesta, baile, muchos invitados, torta con 15 velitas, regalos colectivos… siempre, por supuesto, que los padres estén en condiciones de financiarlo. En el caso de mi familia, hipotéticamente, hubiera sido imposible. Primero, porque éramos dos varones y segundo, porque nuestros padres -incansables y sacrificados trabajadores- no hubieran podido afrontar un lujo de este tipo existiendo otras prioridades. De cualquier manera, nunca faltó el recuerdo de los cumpleaños con el chocolate preparado por mi madre junto con algún refresco casero y la torta grande aportada por mi tía, ya como una tradición. Se compartía, con la presencia de familiares y amigos que, mientras los mayores conversaban animadamente adentro, los otros, en el fondo, nos castigábamos con una pelota de trapo o de goma. Hasta que llegaba el llamado para el chocolate y la torta, previo el lavado de manos obligatorio, y marchábamos todos para adentro.</p>
<p>Todo esto hubiera ocurrido aquel 16 de julio si no fuera porque Don Obdulio Varela y sus muchachos decidieron lo contrario en aquel enorme estadio con 200.000 brasileños que esperaban la casi segura coronación de los suyos. Pero aquí también el diablo metió la cola… (no sé si el diablo o el señor, que muchos dicen que está en la otra puerta del cielo) y entre Schiaffino y Ghiggia les ahogaron la fiesta. Y nos enloquecieron a nosotros en todos los rincones del país. </p>
<p>Yo vivía entonces en Carmelo, en una casa en la calle Libertad, en la manzana que ahora ocupa el Liceo 1. Habíamos quedado con mis viejos en que la reunión, en las condiciones que contaba antes, se hacía después del partido. Yo, para escucharlo más tranquilo, crucé la calle a la casa de mi amigo Víctor Hugo y participé de toda la emoción del relato de Don Carlos Solé. Estábamos callados y nerviosos, hasta que llegó el “Tero”, otro amigo del barrio, que con sus gritos y comentarios empezó a caldear el ambiente. Festejamos los goles y el pitazo final de aquel míster que arbitraba y lloramos junto a los relatores y comentaristas. Y salimos a la calle como todo el mundo.</p>
<p>Carmelo, única ciudad fundada por Artigas, tiene por patrona según la religión católica a la Virgen del Carmen. De ahí su nombre. Y el 16 de julio, que es su día, hay una importante procesión y llegan peregrinos de todo el país y también desde Argentina. Esta vez, y a causa del partido, el Padre Querubín había adelantado el horario de la misa y los fieles, locales y foráneos, se las habían ingeniado, a falta de portátiles y TV en esa época, para escuchar la trasmisión en algún lado.</p>
<p>Con el final del encuentro todo el mundo salió a la calle, se llenó la Plaza Independencia de gente, un cura lacazino futbolero y un apasionado dirigente local hicieron vibrantes discursos desde un estrado que en forma casi mágica apareció al lado de la fuente (algunos sacrílegos afirmaban que era el que a veces se utilizaba para las misas) y allí seguimos gritando y vivando a los héroes de Maracaná, recorriendo luego las calles al son de tambores que fueron sumándose y música de parlantes, hasta llegar a la Plaza Artigas. Entonces, los cohetes, bombas y fuegos artificiales que estaban reservados como parte de los festejos del Carmen para más tarde, atronaron e iluminaron el espacio manejados por las hábiles manos de don Paladino, el pirotécnico oficial carmelitano de entonces. Y el jolgorio duró horas y horas. Así festejamos varios miles, en una ciudad que tenía la mitad de los habitantes de hoy, aquella hazaña de la camiseta celeste. </p>
<p>Ustedes se preguntarán: ¿y el cumpleaños? Ah sí… se suspendió por falta de quórum, ya que el de los 15, los dueños de casa y los invitados se fueron, en avalancha, a festejar durante el resto del día algo mucho más trascendente. Lo que no recuerdo fue el destino de la torta, el chocolate y los refrescos de limón y naranja. Pero tirarse no se tiraron, de eso sí estoy bien seguro. </p>
<p>Y volviendo al principio, debo decir que a mis compañeros del Taller de la memoria los apabullé de tal manera con el relato de aquel 16 de julio, que tuvieron que recurrir a términos muy sutiles para pedirme, sin ofender, que me callara la boca. </p>
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		<title>100 años en verde y blanco</title>
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		<pubDate>Sat, 07 May 2011 12:54:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>joseluispittamiglio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://joseluispittamiglio.files.wordpress.com/2011/05/uruguayo-fc_escudo1.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-27" title="uruguayo-fc_escudo" src="http://joseluispittamiglio.files.wordpress.com/2011/05/uruguayo-fc_escudo1.jpg?w=450" alt=""   /></a>Por J.L. Pittamiglio Olmedo</p>
<p>Seguramente, nunca imaginaron aquellos muchachos, reunidos en la Panadería de Roselli, en 18 de Julio y Libertad, la trascendencia y perdurabilidad en el tiempo del club que estaban fundando aquel 16 de mayo de 1911. Lo que ellos querían era estar presentes en aquel deporte recién iniciado y competir con los dos clubes que ya existían entonces, Atlántico y Carmelo, desaparecidos al poco tiempo.</p>
<p>Los hermanos Roselli, Domínguez, Fernández, Giménez, Ferreira, Brito, Guerra, Robledo, Martres, cumplieron entonces con la doble función de jugadores y dirigentes. Cuenta la historia que el primer equipo lo compró en Buenos Aires el “Vasco” Antonio Roselli: camisas y zapatos Mc Gregor; pero también decían los fundadores que, para irse remediando, cada uno consiguió una camisa blanca a la que le atravesaron, o incluso prendieron con alfileres, una banda de color verde que luego iría alternándose, siempre con la base de esos colores, con otra de rayado vertical.</p>
<p>De ninguna manera voy a pretender esbozar una historia de Uruguayo F.C.; no me creo capacitado para ello. Pero por haber compartido una parte de la vida de la institución, a lo que agrego lecturas y relatos de hechos anteriores, me permito acercar estos recuerdos de sucesos y gente que formaron parte de la trayectoria del club.</p>
<p>Poco conozco del Uruguayo actual, solamente referencias, o lo que leo en EL ECO, ya que hace muchos años que vivo en Montevideo, pero hay nombres y hechos que permanecen a través del tiempo y a ellos quiero referirme, sabiendo de antemano que me olvidaré de otros ya que la memoria no puede dar para tanto.</p>
<p>Mi vinculación con Uruguayo data desde la niñez.  Mi padre fue, desde que llegó a Carmelo, simpatizante primero y dirigente después, del Club Solís.  Yo tenía seis o siete años cuando empezó a llevarme a la cancha, obviamente, cuando jugaba su club. Solidario con él, por supuesto, y con el amarillo y negro de la camiseta que ya me tiraba por otro lado, yo me alegraba cuando ganaba y hasta gritaba los goles.  Pero un día, al poco tiempo nomás, Solís se enfrentó con Uruguayo (al que yo no conocía) y los gritos de su hinchada me sirvieron como presentación de nombres que también ignoraba: “Guagüita”, Hipólito, “Panadero”, Harildo, Rolando….  No recuerdo el resultado del partido, pero sí me acuerdo que desde esa tarde supe que aquél era el cuadro que me gustaba.  No se lo dije a mi viejo por temor a que no me llevara más al fútbol, pero él se dio cuenta al poco tiempo y  -con su sonrisa buena-  lo aceptó sin problemas.</p>
<p>Unos años después y siendo igual muy joven, empecé a concurrir a la sede y me acerqué más aún cuando la Liga desafilió al club, hecho que consideré totalmente injusto, y comencé a colaborar de distintas maneras, incluso como boletero cuando jugaba en la cancha de Colonia Estrella con clubes amigos de otras localidades. Por suerte, OFI desestimó la desafiliación y en poco tiempo las cosas se normalizaron y la albiverde estuvo de nuevo en el Parque Artigas.</p>
<p>Era la época en que en Carmelo eras de Uruguayo o “contra” de Uruguayo. Tuve el honor de integrar, en tres oportunidades, la Directiva.  De ellas, la que más recuerdo fue la primera, a principios de los ´60, cuando recibimos una institución que tocaba fondo en varios aspectos.  El año anterior, pese al esfuerzo de “Bombita” Acevedo y otros que dejaban el alma en la cancha, seguramente marcando un hecho histórico, habíamos estado peleando el descenso con Solís.  Con Juan Bulfo y un grupo de compañeros dispuestos a trabajar duro, nos pusimos el club al hombro; pudimos sacarlo a flote y, en poco tiempo, ubicarlo en lo más alto de la tabla, que era el lugar que le correspondía. Contamos sí  -y hay que decirlo-  con la colaboración invalorable de Don Juan Carlos Vinçon (un ombuénse que se puso nuestros colores y gestionó la llegada de nuevos jugadores que le cambiaron la cara al equipo).  Y así vinieron Solari, Locher, Valvez, Cornú, los hermanos Simone, Zunino, Espinosa, Pérez, Long, Cayrús, etc., quienes alternando con valores locales como Cabrera, Sosa, Cabral, Saravia y otros y la mano maestra del inolvidable Salim, nos dieron una época de repetidas satisfacciones.</p>
<p>Decía anteriormente que hay nombres que, a mi criterio, deben destacarse a lo largo del tiempo. Y el primero que viene a mi memoria es el de Don Alberto Cantón, un verdadero filántropo que le brindó a Uruguayo, porque estaba en sus manos y en su corazón hacerlo, un campo de ocho hectáreas y medias, en forma totalmente desinteresada, para su parque de deportes.  Cómo no recordar a Américo Fernández, el primer capitán, designado por asamblea, y uno de los más completos jugadores de su época, según se lo oí decir a compañeros y adversarios.  O a Salim Attún, jugador destacado primero y DT después, asociado a las grandes conquistas; o a César Araújo, dirigente y delegado ejemplar. Lalane, Noaín, Irurueta, Jaén, D´Aquila, Sabalsagaray, Bottinelli, Gutiérrez, son apellidos que, entre muchos más, acuden a mi memoria, como aquellos jugadores del primer equipo que vi jugar, entre los que recuerdo a Leguísamo, Pisciottano, Banchero, Alexio, Cassalino, Gregorio, Boné y Borges (Juan Antonio), que al ver mi juvenil entusiasmo por los colores, me regaló una camiseta de Uruguayo.</p>
<p>Es que una trayectoria de 100 años, nada menos, ha necesitado del aporte de mucha gente, en todos los órdenes, dispuesta a poner empeño, voluntad y tiempo para el engrandecimiento de una entidad que siempre estuvo ocupando un lugar de privilegio, tanto en lo deportivo como en lo social.</p>
<p>Y hay muchos nombres más, que otros podrán aportar y se complementarán con los que me he atrevido a mencionar en estas líneas, sabiendo, como decía antes, que siempre se incurre en olvidos. Porque Uruguayo es precisamente eso, historia y realidad.  Historia que no puede reflejarse en palabras ni en páginas, porque se necesitaría mucho espacio para fijar episodios y hombres que transitaron por este siglo de existencia.  Desde aquel 16 de mayo en que aquellos muchachos tuvieron la feliz idea de dar vida al club albiverde, hasta llegar a esta realidad de hoy, que ubica a quienes están al frente de los destinos de la institución en una trascendente etapa de su desarrollo social y deportivo.</p>
<p>¡Salud Uruguayo! Y que sea por muchos años más.</p>
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		<title>La TV noes para mi</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Dec 2010 12:48:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>joseluispittamiglio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por J. L. Pittamiglio Olmedo Supongo que para la gente debe ser una satisfacción personal grande, aunque no lo manifieste, aparecer en las pantallas de televisión. Siempre y cuando, claro, la imagen no integre alguna galería de las que facilitan las jefaturas de policía. Que te vean miles de personas, que te oigan haciendo declaraciones [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=joseluispittamiglio.wordpress.com&amp;blog=8189298&amp;post=16&amp;subd=joseluispittamiglio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por J. L. Pittamiglio Olmedo<br />
Supongo que para la gente debe ser una satisfacción personal grande, aunque no lo manifieste, aparecer en las pantallas de televisión.  Siempre y cuando, claro, la imagen no integre alguna galería de las que facilitan las jefaturas de policía.  Que te vean miles de personas, que te oigan haciendo declaraciones o, aunque más no sea, que te reconozcan y digan:“¡¡Ché, mirá que viejo que está Fulano!!, ¡¡pensar que íbamos juntos a la escuela!!” Cualquier reacción, pero sobre todo el orgullo de estar un ratito ahí, en eso que el público ha llamado de distintas maneras, desde caja boba hasta pantalla de plata.  Además y muy acertadamente, ya lo dijo aquel ex mandatario de pobladas cejas: “lo que no aparece en la TV, no existe”.  </p>
<p>Y tenía sobrada razón don J.M.  Hace unos días estaba haciendo un repaso mental sobre distintas actividades practicadas a lo largo de los años, como seguramente todos hacemos a veces.  Y caí entonces en la cuenta de que la TV no ha sido bondadosa conmigo.  Diría más: me ha dado vuelta la cara.  Y si no, vean los resultados de las tres veces que me enfrenté con las cámaras.</p>
<p>La primera, allá por los años ´70 y poco, en el canal de Colonia, siendo edil de la Junta Departamental.  Antes de cada sesión invitaban a los estudios, a tres, un representante de cada partido, a opinar sobre los asuntos a tratar ese día en la Junta. Íbamos bárbaro, pero duró poco aquello, ya que la mayoría entendió que no era conveniente que la fuerza política que yo representaba tuviera oportunidad de expresarse en iguales condiciones que ellos.  Y el canal, sencillamente, nos borró del mapa y para los televidentes dejamos de existir entonces. Primera advertencia.</p>
<p>La tercera y última  -y dejo la segunda para el final-  fue hace poco, cuando Radio Carmelo cumplió 50 años, que me hicieron una entrevista por el canal de cable local, la que hubo que repetir una y otra vez porque la cámara funcionaba mal.  Según me contaron después, el susodicho artefacto suspendió sus funciones por un largo tiempo, tal vez  -vaya uno a saber-  si no habrá sido en señal de protesta por no gustarle mi cara.</p>
<p>La segunda incursión en la pantalla chica, que por ser la más jugosa dejé para el final, tuvo lugar en un canal de cable de Montevideo hace unos tres años, en un programa largo de los sábados de tarde.  Yo concurro, a partir de mi jubilación, a un centro para adultos mayores en el que se imparten una gran cantidad de cursos y talleres, dictados por docentes en su mayoría también jubilados, que lo hacen en forma honoraria y con admirable dedicación.  Realmente un ejemplo, tanto los profesores como el instituto.  Por eso mismo un día llegó una invitación para concurrir a ese programa, para dos personas, un docente y un alumno.  Nos designaron para ir a Sofía, una profesora de Historia Universal a la que admiro y quiero mucho, y a mí, para que habláramos de la institución. Como nos dijeron que la entrevista iba a durar entre 10 y 12 minutos, acordamos previamente lo que íbamos a decir, para aprovechar bien el tiempo (“vos hablás de las materias, yo hablo de los socios”, “vos hablás de los profesores y yo doy la dirección y el teléfono”, “yo hablo de la cuota social y vos de la audición”, etc, etc.).  Y así llegamos al canal el sábado, 40 minutos antes como nos dijeron, listos para la entrevista.</p>
<p>Y fueron llegando también los demás invitados, componiendo un grupo por demás heterogéneo, a saber y por su orden: Dos travestis, un conocido contador de cuentos verdes que actúa por lo general en los tablados de carnaval, un grupo de niños discapacitados a los que la maestra, inexplicablemente, hizo descalzar y dejar los championes apilados en un rincón, una señora cuidacoches de una zona céntrica, maquillada y vestida por algún enemigo, que después supimos que hacía comentarios sobre sucesos de actualidad, un dúo de guitarristas disfrazados de gauchos (y digo “disfrazados” porque no lo eran y yo respeto mucho la vestimenta del gaucho verdadero). Y completábamos el plantel, un grupo de danzas árabes y nosotros dos, que íbamos de sorpresa en sorpresa ante la aparición de cada una de las figuras con las que compartiríamos el espacio.  Mi compañera, más que sorprendida estaba azorada, a tal punto que en un momento me susurró: “José Luis, ¿querés decirme adónde nos hemos metido? </p>
<p>Lo que vino después fue rápido y precipitado ya que, como se dice siempre, en radio y televisión el tiempo es oro.  Llegó el conductor y nos hizo pasar con él al estudio central  -denominación demasiado pomposa para un galpón- ; los niños descalzos se sentaron en semicírculo y su maestra saludó brevemente, bailaron las danzarinas árabes, desafinaron exitosamente los “gauchos”, desgranó sus sesudos comentarios la cuidacoches, blusa roja y pollera verde (sin duda hincha de Rampla) y, cuando quisimos acordar, nos llamaron a nosotros anunciándonos como “integrantes de un club de abuelos que queríamos decir algo”.  No era ni una cosa ni la otra, pero no estábamos allí para reparar en exquisiteces idiomáticas; y dispuestos, enfrentamos cámaras y micrófonos.</p>
<p>Transcurrió aquella entrevista tan aceleradamente, que no sé si alcanzamos a decir en forma sintética la cuarta parte de lo que pensábamos.  Cuando quisimos acordar, y con la certeza de que el lastimoso conductor, mirando para otro lado, no tenía ni idea de quiénes éramos ni qué habíamos dicho, nos estaban despidiendo y agradeciendo nuestra presencia.  Pienso que estuvimos unos dos minutos en el aire, aunque la profe Sofía dice que soy demasiado optimista.  Todavía faltaba terminar la nota prometida a la maestra, la presencia de los travestis que no supimos a qué podía obedecer y el cuentista, que tal vez quedaba para el final por si les censuraban la emisión.  Digo yo, no sé.</p>
<p>Huimos casi despavoridos de allí.  Ya en la calle, le comenté a Sofía: “Cuando contemos todo esto, no nos van a creer…”  Y la profesora, muy original y dueña de un humor realista y ácido a la vez, respondió con esta frase que quedará para siempre en mi recuerdo: “No sé si se lo contaré a alguien o lo sepultaré en lo más profundo del olvido”.</p>
<p>Por todo esto es que tengo que pensar –y quienes llegaron hasta aquí estarán de acuerdo conmigo&#8211;  que las cámaras de televisión no se hicieron para mí.  Deberé seguir del otro lado, es decir frente a la pantalla, sufriendo con Peñarol y con la crónica policial con que nos deleitan los noticieros.  O absorbiendo cultura importada con destacados docentes como Marcelo Tinelli, Susana Giménez o Jorge Rial.  Son destinos, que le dicen… </p>
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		<title>Aquellos ojos verdes</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Oct 2010 17:49:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>joseluispittamiglio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Ya se había convertido en un hábito desde hacía mucho tiempo. Después de dar por cumplido el horario que se había impuesto para su trabajo -es decir el ejercicio metódico y ordenado de su profesión- Roberto siempre cumplía con su visita al “Orfeo”, un bar que estaba a mitad del cercano camino entre la oficina [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=joseluispittamiglio.wordpress.com&amp;blog=8189298&amp;post=11&amp;subd=joseluispittamiglio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya se había convertido en un hábito desde hacía mucho tiempo.  Después de dar por cumplido el horario que se había impuesto para su trabajo  -es decir el ejercicio metódico y ordenado de su profesión-  Roberto siempre cumplía con su visita al “Orfeo”, un bar que estaba a mitad del cercano camino entre la oficina y su apartamento de soltero.  Era un lugar chiquito, tranquilo, coqueto y con un no sé qué de calidez que a él le gustaba; y que se ocultaba casi entre dos comercios con frentes ostentosos.  Roberto le decía al dueño que era un cobarde por no haberse animado a denominarlo “confitería”.<br />
Éste le respondía: “déjelo así contador, déjelo así, que no quiero que se me llene de gente extraña pidiendo cosas raras. Con la clientela que tengo me alcanza y trabajo tranquilo”.  Roberto se reía, pensando en la canción de Serrat “Cada loco con su tema”, aunque no le disgustaba el razonamiento de Paco, aquel gallego tan original.  En el fondo él tampoco quería que aquel ambiente cambiara.  Su rutina en lo referente al pedido que hacía no era muy variada: un whisky (“con dos cubitos y nada más”), si pensaba cenar más tarde.  O de lo contrario, si había almorzado bien y no tenía interés en recargarse de comida, pedía un sándwich de pan negro y un cortado doble, que ya constituían su cena.<br />
No quería excederse de peso, cuidaba su figura y dos veces por semana se castigaba  -con frío o calor- en el gimnasio, con trote, ejercicios variados, bicicleta, pesas y todo lo que le sugiriera el profesor.  Y se mantenía muy bien, algo que lo satisfacía a sus 40 años.  En el estudio bromeaban con su estado físico, especialmente las mujeres y le decían que todo aquello era el paso previo para conseguir novia y casarse. “Ustedes hablan como mi mamá”, les contestaba, “déjenme tranquilo que así estoy muy bien”.  Pero aquella tranquilidad se vio conmocionada un día, ese día que a todos nos llega alguna vez, cuando precisamente en el “Orfeo”, su mirada se cruzó con unos penetrantes ojos verdes que le estaban observando desde una mesa cercana.  Sostuvo por unos instantes aquella mirada, hasta que siguieron cada cual en lo suyo, sin mayores consecuencias.  Al menos por el momento.  Roberto quedó impactado aunque pensó que, como otras veces, aquello no iba a pasar de un deslumbramiento fugaz.  Un relámpago, más precisamente, fue la imagen con la que lo asoció.  Pagó su consumición y se fue sin mirar hacia las otras mesas, no teniendo muy claro si aquella actitud era de indiferencia o de temor.  Pasaron varios días antes de que “Ojos verdes”, como él había registrado en su mente, apareciera de nuevo por el bar.<br />
Esta vez, al contrario de la anterior, no tenía compañía y estaba desde antes de que él llegara, tomando un café y mirando distraídamente hacia la calle.  Reparó en él cuando entró, pero tardó un buen rato, calculadamente se le ocurrió a Roberto, en dirigirle la vista. Por dos veces al cabo de unos minutos, sus miradas volvieron a cruzarse, con unos segundos más de duración pero con idéntica intensidad.  Aquello le gustaba, no podía negárselo; era algo diferente de lo que había experimentado otras veces, era algo así como una invitación, pensó.  Pero…. ¿y si no lo era?, ¿si se trataba nada más que de una ilusión suya?  Con estas dudas estaba en su cabeza cuando, de repente, la figura desapareció.  En la próxima, si es que hay una próxima, pensó, me la juego y me arrimo. No tengo mucho que perder y, si es como presiento, tal vez mucho para ganar.  Y se aferró a lo que expresa aquel viejo dicho popular: “la tercera es la vencida”.<br />
Y la tercera se dio.  “Ojos verdes” apareció en la puerta, deslumbrante para él que nunca había apreciado aquel cuerpo en su totalidad.  Cuando miró en su dirección, Roberto no dudó en hacerle una amable seña indicándole el lugar libre que había frente a él en su mesa. Ante su asombro, se acercó lentamente y se sentó, no sin antes aclarar con voz suave: “Vamos a charlar un rato. Tengo poquitos amigos porque soy muy exigente y los elijo. Después vemos si seguimos hablando o no. ¿Está claro?”. Estaba  clarísimo.<br />
Él tiró el primer tema y empezaron hablando de libros y de música, pasaron luego al teatro, al cine, la TV, la pintura.  Comenzó como el estudio previo que se hacen los boxeadores en ese prólogo del combate. Pero la conversación se fue animando y asombrosamente descubrieron gustos afines en una cantidad de cosas.  Siguieron después con otros temas como la gastronomía, el deporte, la moda en el vestir, la política.  Y notaron que tenían tema para rato, que había muchos puntos de unión y que sí, que iban a seguir hablando.  ¡Quién sabe si la unión no podría ser más estrecha!  Fijaron un día para ir juntos al cine y Roberto al despedirse  -y lógicamente después de haberse hecho las formales presentaciones- le pidió autorización para seguir llamándole “Ojos verdes”, lo que se rubricó con sonrisas de ambas partes.<br />
El jueves siguiente fueron al cine a ver la última película protagonizada por esa belleza que es Angelina Jolie.  No les gustó mucho, aunque la verdad es que no fue demasiada la atención que le prestaron tampoco.  Sus manos, unidas como por casualidad, sus miradas mil veces encontradas bajo la iluminación de la pantalla y sus cambiantes tonalidades; y también algún beso furtivo acompañado de susurros cómplices, hicieron el resto.  Y entonces supieron con claridad cómo podía continuar su historia.  Con el archiconocido pretexto de tomar un café, fueron al apartamento de Roberto, sabiendo de antemano que lo que menos pensaban saborear era precisamente un café.  Y se amaron una y otra vez, apasionadamente, se complementaron a la perfección, se entendieron como tal vez no lo habían pensado.  Y se juraron amor y comenzaron a planificar un futuro juntos, si era que el camino se presentaba tan claro como les pareció esa primera noche. Desde entonces y luego de sus tareas cotidianas fueron casi inseparables.<br />
El “Orfeo” era su punto obligado de encuentro.  Tenían salidas compartidas casi todas las noches, las que, unas veces sí y otras no, tenían su etapa final en el apartamento.  Los domingos generalmente salían a correr juntos por el Prado o la Rambla o iban de visita al Museo Blanes o al Parque Rodó. Oían juntos desde Las 4 estaciones de Vivaldi o Canto gregoriano hasta lo mejor de Piazzolla y leían tanto a Walt Whitman como a Neruda, Benedetti o Galeano, porque sabían que eran gustos comunes.  Habían tocado varias veces el tema de la convivencia pero “Ojos verdes”, algo renuente, decía que eso se iba a dar en el momento oportuno.<br />
Roberto le había dado un juego de llaves para cuando fuera necesario.  Una tardecita, al llegar al bar como siempre, no hubo encuentro. Esperó un rato, le llamó por el celular y “Ojos verdes” le dijo que se verían más tarde, que iba directamente para el apartamento.  Él le pagó a Paco el whisky que había tomado y se fue despacio pensando en lo que podía preparar para la cena, aunque se dijo que lo mejor era pedir algo a la pizzería de abajo.  Cuando llegó al apartamento y abrió la puerta se encontró con la sorpresa: cuadros distintos en las paredes, flores, algunos muebles nuevos muy discretamente armonizados con los suyos, cortinas…  Una tarea que sin duda había llevado todo el día.  Y en la puerta de la cocina, la amplia sonrisa de “Ojos verdes”, más verdes que nunca, con sus brazos abiertos mientras observaba la reacción de Roberto.  Se abrazaron y lloraron juntos de felicidad.  Como decía aquel animador de TV, Roberto Galán, mezcla de pedante y burlón: “Se ha formado una pareja”.<br />
Y era así, ahora sí podían decirlo a quienes quisieran escucharlo: somos pareja.  Las compañeras del estudio, mujeres al fin, se habían enterado ya de sus amores y le habían hablado de anillos, de compromiso y hasta de casamiento.  Se amaban, sabían que iban a seguir juntos hasta que el destino dijera basta.  El compromiso lo habían asumido de común acuerdo. Y por si alguna duda quedaba, estaba inscripto claramente en el tronco de uno de los plátanos, junto a la fuente Cordier del Prado.  Allí, con escritura algo tosca hecha con la punta de un clavo herrumbriento, había un corazón que contenía dos nombres en su interior: “César y Roberto” </p>
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		<title>Tres sonrisas en el penal</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Aug 2010 14:40:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>joseluispittamiglio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Por J. L. Pittamiglio Olmedo La marca de Agazzi. Quien esto escribe, y en la época en la que el basquetbol no era un deporte casi exclusivo para grandotes, supo también practicarlo integrando la reserva del Club Atlético Plaza.  Recuerdo que, formando el quinteto con Danilo Quintana, Toto Campoleoni, Bacholo Ríos y el Negro Aguinaga, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=joseluispittamiglio.wordpress.com&amp;blog=8189298&amp;post=12&amp;subd=joseluispittamiglio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!-- 		@page { margin: 2cm } 		P { margin-bottom: 0.21cm } --><span style="font-size:medium;"><em>Por J. L. Pittamiglio Olmedo</em></span></p>
<p><span style="color:#000000;"><span style="font-size:medium;"><strong>La marca de Agazzi</strong></span></span><span style="font-size:medium;">. Quien esto escribe, y en la época en la que el basquetbol no era un deporte casi exclusivo para grandotes, supo también practicarlo integrando la reserva del Club Atlético Plaza.  Recuerdo que, formando el quinteto con Danilo Quintana, Toto Campoleoni, Bacholo Ríos y el Negro Aguinaga, arrasamos en forma invicta con dos campeonatos seguidos de la Liga Carmelitana.  ¡¡Qué tiempos aquellos!!  Muchos años transcurrieron antes de que tuviera oportunidad de practicarlo de nuevo, aunque obviamente hubiera preferido que no fuera en tales condiciones.  Pero esos avatares del destino no los elige uno.  Y volví, después de los 40, a formar parte de un equipo de basquetbol defendiendo a la Barraca 5B del Penal de Libertad. </span></p>
<p><span style="font-size:medium;">Y aquí la anécdota.  Jugábamos un torneo inter barracas y nos tocaba ese día enfrentar a la que estaba mejor integrada (y que finalmente ganó el campeonato), que tenía entre sus valores destacados al hoy senador Ernesto Agazzi.  Yo, en Plaza, siempre fui de “gatillo fácil”, me escapaba por la punta derecha y en cuanto podía, tiraba al cesto.  La verdad es que la mayoría de las veces erraba y recibía las merecidas críticas de mis compañeros.  Pero en otras, embocaba un doble, me entusiasmaba y seguía igual.  En este otro torneo tan especial quise repetir lo mismo que en mis años jóvenes, pero me encontré con dos elementos inesperados: mi velocidad no era la misma y además me enfrentaba a la marca del flaco Agazzi.  Lucha injusta y desigual, mis escasos 1.67 contra los 2 metros del flaco que, sin moverse un centímetro del piso y con sólo levantar una mano, terminaba una y otra vez con mis temerarias arremetidas y se quedaba con la pelota.  Así por tres o cuatro veces, ante la calentura mía y los aplausos de la hinchada contraria.  Hasta que en un momento “se me prendió la lamparita” y ensayé una jugada que ni hoy me explico cómo me salió.  Venía con la pelota y, un momento antes de tirar, frené, amagué para un costado, me fui por el otro, enfrenté el tablero y  —ante el asombro de no encontrarme con la malvada mano de Agazzi—  convertí el doble.  Ha de haber sido una jugada muy graciosa porque los compañeros todos aplaudían muertos de risa.  Yo no lo podía creer, entonces sentí el palmoteo del flaco sobre mi cabeza, mientras me decía: “Esta vez me embromaste, chiquito”.  Podría alardear y decir que fue una genialidad de mi parte, pero, para ser sincero, nunca terminaré de entender bien lo que hice. </span></p>
<p><span style="font-size:medium;"><strong>El humor de Aníbal</strong></span><span style="font-size:medium;">. Una mañana nos habían sacado a trabajar en la quinta, en un día especial para tomar ese aire y sol que tanto necesitábamos.  No se daba muy seguido y había que aprovecharlo.  Éramos tres, elegidos vaya a saber con qué criterio, de distintos sectores: Aníbal Sampayo, el Canario Marrero, que salía siempre, y yo.  Hacía rato que estábamos en plena tarea  —y obviamente conversando e intercambiando noticias—  acompañados por un soldado que por suerte no nos molestaba para nada, cuando de pronto apareció el cabo que tenía a su cargo esas actividades.  Dirigiéndose a Marrero y después de hacerle algunos comentarios acerca de la quinta, le dijo que iba a mandar a comprar semillas y le preguntó cómo se llamaba esa conocida variedad de tomate redondeado, de cuello verde.  Marrero, que era ingeniero agrónomo y tenía por qué saberlo, de inmediato le contestó que el nombre de esa variedad era “Marglobe” y el cabo enseguida tomó nota.  Sampayo, rápido como siempre, se me acercó y simulando un gesto compungido, me dijo bajito: ¡¡qué macana se mandó Marrerito!! ¡¡Va a ir a parar a la isla!!  Y ante mi sorprendida interrogante del por qué, me respondió con otra pregunta: ¿no te diste cuenta que le dio la marca de una pelota de básquetbol?</span></p>
<p><span style="font-size:medium;"><strong>Una lección</strong></span><span style="font-size:medium;">. El Dr. Hugo Sacchi, ginecólogo, fue una verdadera eminencia en su especialidad.  Autor del libro “El parto sin dolor”, volcó en él toda su experiencia profesional y humana, las enseñanzas de su maestro el Dr. Juan José Crottogini y sus estudios sobre los célebres “reflejos condicionados” de Iván Pavlov que revolucionaron la fisiología moderna.  Ese libro, con ocho ediciones, popularizó el nombre de Sacchi, especialmente entre las mujeres de todo el Uruguay.  Tuvo una extensa trayectoria profesional y gremial siendo, en el terreno político, afiliado al Partido Comunista.  Fue también él, a parar al Penal de Libertad y allí se ganó el cariño y aprecio de quienes compartimos ese tiempo con él, un ejemplo de cómo sobrellevar la situación con valentía y entereza.  No pudieron doblegar su fortaleza de espíritu, aunque sí, como a tantos, le dejaron huellas en su organismo.  El Gordo Sacchi (nos pedía que lo llamáramos así y no permitía que nadie lo tratara de “usted”) nos enseñó mucho con sus conocimientos y sobre todo con su forma de ser y encarar la situación y la vida misma.<br />
En el penal había una porqueriza, en la que trabajaban varios compañeros en el cuidado de los cerdos allí existentes.  Era un motivo válido para pasar diariamente varias horas fuera de la barraca o la celda, cosa que hacían los compañeros designados, que eran casi siempre los mismos.  Un buen día, que había una chancha por parir, seguramente por iniciativa de ese genio de la maldad que era el Psicólogo Brito (artífice de todo lo que pudiera perjudicar al preso), no tuvieron los milicos mejor idea que llamar al famoso ginecólogo Sacchi para atender el parto de la chancha, con la intención evidente de humillarlo.  Sin mediar palabras de su parte, lo llevaron ese día, también el siguiente y un tercero en el que tuvo lugar el advenimiento de los cerditos.  Al atardecer, cuando regresaba la gente de los distintos trabajos, al llegar a la entrada de las barracas, el Gordo Sacchi le dijo al guardia que los acompañaba que quería hablar con el Mayor encargado de ese sector. Todo el mundo, presos, soldados, cabo, sargento, quedaron impactados ante aquel pedido, con la certeza de la mayoría de ellos de que Sacchi iba a protestar por la falta de respeto que se había tenido hacia él y su larga trayectoria profesional, al llamarlo para asistir el parto de una chancha.  Todos los que pensaron así, incluyendo al Mayor de barracas, que seguramente tenía ya preparada su respuesta, se equivocaron.  El Gordo Sacchi, el Dr. Hugo Sacchi, con su aplomo y su “cancha” habituales, le dijo: “Mayor, estos tres días de aire y sol me han venido tan bien, que quiero pedirle si me puede seguir mandando todos los días a la porqueriza”.  Y lo siguieron mandando, no sin aceptar que el tiro les había salido por la culata.  Y que habían recibido una lección, de ésas que no están en sus manuales militares.</span></p>
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		<pubDate>Thu, 27 May 2010 19:19:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>joseluispittamiglio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[EL  TANGO,  SIEMPRE  EL  TANGO Ya nos hemos referido en varias oportunidades al contenido de algunas letras de tango y hoy volvemos al tema porque sabemos que se trata de una fuente inagotable.  Por supuesto que lo hacemos poniendo un poco de humor y otro de ironía y que nuestra alusión se refiere a algunas [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=joseluispittamiglio.wordpress.com&amp;blog=8189298&amp;post=8&amp;subd=joseluispittamiglio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em><span style="text-decoration:underline;">EL  TANGO,  SIEMPRE  EL  TANGO</span></em></strong></p>
<p>Ya nos hemos referido en varias oportunidades al contenido de algunas letras de tango y hoy volvemos al tema porque sabemos que se trata de una fuente inagotable.  Por supuesto que lo hacemos poniendo un poco de humor y otro de ironía y que nuestra alusión se refiere a algunas letras y a algunos de sus versos, que no han sido, digamos, muy felices.  De ninguna manera estamos atacando al tango, género que admiramos desde siempre y que por algo ha sido consagrado recientemente como Patrimonio Cultural de la Humanidad.  Y el tango <strong>rioplatense</strong>, que quede bien claro, como tiene que ser.  Lo que pasa es que muchas veces a los letristas, en varios sentidos y guiados por la emoción tal vez, se les ha ido la mano.  Claro que, como dice Idea Vilariño, a quien siempre recurrimos cuando abordamos este tema, <em>“ésta es poesía que nace cantada, al servicio de una música y contando con ella. En todos los casos se puede asegurar que la canción real es mucho mejor que su descarnada palabra en el papel”.</em> Hago esta aclaración, porque el año pasado en el Ateneo de Montevideo, luego de leer una nota parecida a ésta, un señor se incomodó y me dijo que yo era un enemigo del tango.  No le contesté por dos razones: 1) no era el lugar ni momento apropiado; y 2) el hombre era mucho más grande y fornido que yo… así que, por las dudas, me hice el <em>sota</em>.</p>
<p>Hoy queremos hablar primero de las letras claramente discriminatorias cuando hacen referencia a mujeres y hombres, especialmente cuando se asocian al paso de los años,  Y para empezar, veamos que, mientras en “Fume compadre” se dice delicadamente <em>“que como el humo del cigarrillo, ya se nos va la juventud”</em> o en “La novia ausente” se recuerda <em>“aquella veintena de abriles felices, cuando solamente tu risa se oía y yo no tenía los cabellos grises”</em>, en “Esta noche me emborracho”, Discepolín dispara a mansalva contra la fulana: <em>“Sola, fané y descangayada la vi esta madrugada salir de un cabaret. Flaca, dos cuartas de cogote y una percha en el escote, bajo la nuez”</em> y le da el tiro de gracia diciendo que <em>“parecía un gallo desplumao, mostrando al compadrear su cuero picoteao”. </em>Otro ejemplo es “Me da pena confesarlo” cuando dice el protagonista que <em>“es triste, qué canejo, sentir que pasan los años y que vamos para viejos”</em>, mientras que en “Tiempos viejos” el hombre recuerda <em>“casi me suicido una noche por ella y hoy es una pobre mendiga harapienta”</em>, o a la mina de “Mano a mano” a la que Celedonio Flores le augura: <em>“y mañana, cuando seas descolado mueble viejo y no tengas esperanzas en el pobre corazón. Si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo, acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo, pa´ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión”</em>. Esto último para que vea que somos buenos y que no le guardamos rencor porque nos amuró cuando la sedujo <em>“la milonga entre magnates con sus locas tentaciones”.</em> En una palabra que los hombres salimos bastante bien parados al llegar a veteranos; somos <em>“muchachos</em> <em>que peinan canas</em>”, apenas si tenemos <em>“los cabellos grises”</em> o las canas <em>“platean nuestras sienes”</em>, expresión que, no me dirán que no suena hasta elegante, si se quiere.  Por el lado femenino en cambio, la cosa viene mucho más complicada: <em>“flor de fango”, “descolado mueble viejo”, “mendiga harapienta”, “sola, fané y descangayada”, “gallo desplumao”</em> o este compendio en “Vieja recoba” cuando le recuerdan: <em>“Yo la he visto cuando moza ir tejiendo fantasías, con sus sueños de alto vuelo y sus noches de champán; pobrecita, quien pensara los finales de su vida y en la trágica limosna vergonzante que hoy le dan”. </em></p>
<p>Menos mal que el partido se empareja bastante cuando se trata de la autoestima.  Ahí sí que nadie se achica, porque mientras ella dice <em>“Yo soy la morocha, la más agraciada, la más renombrada de esta población” </em>o en “Arrabalera”: “<em>Soy la pebeta más rechiflada que en el suburbio pasó la vida, soy el orgullo del barrio entero”</em> o “<em>soy la paica de San Telmo, la más papa y retrechera”</em>, los varones no nos quedamos atrás. “<em>Mi nombre es macho, soy el gotán, vestí de negro con funyi claro y me quisieron y respetaron” </em>se dice en “Retrato”.  Y en “Cuartito azul”, esa letra tan dulce y sentida, uno ni se da cuenta porque está mezclado con nostálgicas evocaciones, pero si ponemos atención veremos que expresa: <em>“ya no soy más aquel muchacho oscuro, todo un señor desde esta tarde soy” </em>y al final llega el momento en el que uno se imagina que el personaje debe ser el ganador de un premio Nóbel (o al menos de un Florencio o una medalla de oro olímpica), porque fíjense que dice: <em>“Quizá tendré para enorgullecerme, gloria y honor como nadie alcanzó”</em> &#8230; y han de ser contados los que alcanzan gloria y honor como nadie.   Y está también el compañero de <em>“la uruguayita Lucía, la flor del pago de Florida”</em>, que fue llamado a integrar las filas de don Juan Antonio, nada menos, cuando dice con toda claridad: <em>“junto al clarín de victoria, también se escucha una queja, es que tronchó Lavalleja  a la dulce pareja el idilio de un día”. </em>Yo no tengo conocimiento (como decía aquel recordado ministro) como para hacerlo, pero sería interesante que algún historiador investigara en el cuadro de Blanes, porque de repente allí aparece aquel <em>“buen payador y buen mozo”</em> que a Lucía <em>“le pidió el corazón y ella le dio el alma entera”</em></p>
<p>Y para terminar por hoy con esto de las letras, vamos a hacerlo con algo agradable, que nos reencuentre a todos, como el amor, que nos recuerde los buenos momentos compartidos aunque muchas cosas hayan cambiado.  “A media luz” nos brinda de todo para que estemos felices: <em>“no hay porteros ni vecinos, adentro cóctel y amor”, “un telefón que contesta, una vitrola que llora viejos tangos de mi flor”, “todo a media luz, crepúsculo interior”, “almohadones y divanes como en botica cocó, alfombras que no hacen ruido  y mesa puesta al amor”. </em>Como bien dice al final: <em>“hay de todo en la casita”</em>… y el amor, buscando un poco en la memoria o en la imaginación, lo ponemos nosotros…..  ¿Qué más podemos pretender?</p>
<p><strong><em>J.L.Pittamiglio Olmedo </em></strong></p>
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		<title>B  O  B I</title>
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		<pubDate>Thu, 27 May 2010 19:15:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>joseluispittamiglio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Ya desde sus primeros años Juan Ángel no era como los otros chiquilines del barrio. Tardaba en reaccionar, había que explicarle las cosas varias veces, tenía algunas dificultades al hablar y otras deficiencias claramente visibles. La madre, doña Paula, se preocupaba en explicar que el niño no era retardado, que el especialista le había dicho [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=joseluispittamiglio.wordpress.com&amp;blog=8189298&amp;post=6&amp;subd=joseluispittamiglio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya desde sus primeros años Juan Ángel no era como los otros chiquilines del barrio. Tardaba en reaccionar, había que explicarle las cosas varias veces, tenía algunas dificultades al hablar y otras deficiencias claramente visibles.  La madre, doña Paula, se preocupaba en explicar que el niño no era retardado, que el especialista le había dicho –y lo repetía con sus mismas palabras&#8211;  “que su edad cronológica estaba desfasada con la edad intelectual”.  Pero que, con el paso del tiempo, aquello no se iba a notar.  Lo cierto es que pasaron los años y Juan Ángel siguió con aquel notorio retardo que nunca se ajustó con el tiempo real.  Los muchachos, que son crueles muchas veces en estos casos, lo rebautizaron y empezaron a llamarle “Bobi”, que no era ni más ni menos que un apócope de bobito.  Y así se le siguió llamando por el resto de sus días.  Fue poco lo que pudo avanzar en el estudio; apenas terminar la escuela primaria con muchas dificultades y el pasaje por un centro especial donde trataron de enseñarle algún oficio para defenderse en el futuro.  Lo cierto es que Bobi aprendió muy poco, pero igual puso mucho empeño en hacer alguna actividad que le permitiera ganarse unos pesos.  Porque eso sí lo había aprendido y era conciente de que era bueno tener su platita y arrimarle también algunos billetes a su madre y colaborar para “parar la olla”.<br />
	Hacía mandados, limpiaba terrenos, partía leña a domicilio con un hacha que había sido de su padre, ayudaba en una mudanza, repartía volantes de propaganda, descargaba materiales de un camión y muchas tareas de ese tipo que su capacidad le permitía hacer.  Era muy respetuoso, simpático y con fama de ser de extrema confianza, por lo que se ganó el aprecio de la gente del pueblo.   Claro que, como ocurre siempre en estos casos, hubo otras personas que se aprovecharon de él, que le hacían bromas pesadas, que se reían de sus defectos. Los “vivos” de siempre, burlándose del más débil y festejándolo como una gracia.<br />
	Él tenía su lugar de concurrencia habitual, donde quien necesitara de alguna de sus changas sabía que allí lo encontraba: el salón “Maracaná” frente a la plaza principal.  Sus propietarios eran Lalo y Rafael, dos elementos con no muy recomendables antecedentes, de los que se comentaba que estaban metidos en otras actividades.  Ilícitas obviamente pero mucho más lucrativas que el saloncito que les servía de pantalla.  Y justamente ellos eran quienes más se divertían a costa de las vivezas de las que Bobi era siempre su víctima.  Lo mandaban a llevar un paquete a una dirección inexistente o a lavar hojas de papel carbónico; un día le hicieron recorrer las seis librerías del pueblo buscando un libro con título inventado, “Juancito el caminante”.  Y Bobi, que se daba cuenta medio tarde de la broma, aguantaba.  Otra vez, sabiendo que era hincha aurinegro (de “Peñadol” como decía él), le trucaron una foto suya en la computadora y apareció vestido con la camiseta de Nacional, la que ampliaron y pusieron en la vidriera.  Y Bobi seguía aguantando.  Ésta y muchas otras bromas pesadas y hasta sádicas a veces.<br />
	A él le gustaba ir al cine cuando podía y en especial le encantaban las películas de suspenso.  Coincidió, hecho no muy frecuente, que cuando exhibieron en el Atlas una que se llamaba “Peligro inminente” con Harrison Ford, la dieron dos días antes por televisión y Bobi la disfrutó en su casa, una vez terminadas las milanesas servidas por doña Paula.<br />
	Dos noches después tuvo lugar uno de los hechos policiales más notorios en la historia de aquella localidad.  Dos conocidos comerciantes, Lalo Estévez y Rafael Soria, habían sido brutalmente asesinados en una habitación que daba a los fondos del salón Maracaná mientras revisaban cuentas, presentando profundas heridas en la cabeza, ocasionadas, según el parte policial, por un arma u objeto cortante y contundente, como podía ser por ejemplo un machete o un hacha.  El forense dictaminó que el fallecimiento de estos dos vecinos se había producido entre las 21 y las 23 horas, aproximadamente.  Fueron citadas a declarar muchas personas, vinculadas por motivos comerciales (legales e ilegales) a los fallecidos o por concurrir asiduamente a su salón.  Entre ellos Juan Ángel Fonseca, alias Bobi, quien aseguró estar presente esa noche en el cine Atlas, contándole al juez con lujo de detalles los pormenores de la película, de la que el magistrado, casualmente, también había sido espectador. Y quedando así libre de toda sospecha.<br />
	Las investigaciones prosiguieron durante un tiempo sin resultados y finalmente se cerró el caso con la convicción, dada la calaña de los occisos, su probada vinculación con la droga y el juego clandestino y descartando el móvil del robo, ya que no faltó dinero ni objetos de valor, de que se había tratado de un “ajuste de cuentas”.   Y sin duda que fue la denominación más acertada.   Bobi siguió trabajando en sus changas, pero ahora con algo dibujado en su rostro, muy parecido a una leve sonrisa. </p>
<p>                                                                  J.L.Pittamiglio Olmedo</p>
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		<title>Dos historias para sonreír</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Aug 2009 12:22:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>joseluispittamiglio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[J. L. Pittamiglio Olmedo Jueces foráneos – El nombre de la liga de fútbol no importa, pero digamos que era del oeste del Departamento de Colonia allá por los años ´55 o ´60. Por distintas circunstancias, los arbitrajes de los últimos tiempos habían sido un verdadero desastre, con una serie de consecuencias colaterales: insultos, agresiones, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=joseluispittamiglio.wordpress.com&amp;blog=8189298&amp;post=5&amp;subd=joseluispittamiglio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>J. L. Pittamiglio Olmedo</p>
<p>Jueces foráneos – El nombre de la liga de fútbol no importa, pero digamos que era del oeste del Departamento de Colonia allá por los años ´55 o ´60.  Por distintas circunstancias, los arbitrajes de los últimos tiempos habían sido un verdadero desastre, con una serie de consecuencias colaterales: insultos, agresiones, lesiones serias, acusaciones de soborno, peleas entre jugadores, jueces, hinchas, dirigentes y delegados.  Ya mucha gente había optado por no ir a la cancha los domingos, porque el espectáculo se había convertido en un verdadero caos.  En las sesiones de la Liga se barajaban distintas fórmulas para solucionar aquella situación, pero iban fracasando una a una.  Ante la impaciencia de los diferentes protagonistas pero también, a decir verdad, ante el bajísimo nivel de los jueces, que no embocaban ni un partido que dejara medianamente conforme a nadie.  Hasta que, al fin ¡¡se hizo la luz!!  El Presidente, que junto con el Tesorero había estado varios días estudiando la forma de financiarlo, aportó la solución mágica: desde la próxima fecha, árbitros foráneos para todos los partidos.  Habría que gastar más dinero, pero eso traería tranquilidad a todas las partes.  Se discutió el tema, se barajaron cifras y datos, las posiciones fueron haciéndose casi unánimes y llegó el momento de votar.  Fue entonces que, uno de los delegados, que no tenía la menor idea de lo que quería decir foráneo, pero que por orgullo no se atrevía a preguntarlo, cuando le consultaron si acompañaba la decisión con su voto, se mandó aquella frase que quedó para la historia: “—Estoy de acuerdo, sí…¡¡pero que sean bien foráneos, eh!!”. El campeonato siguió y terminó con total normalidad, aunque quedó para siempre la duda acerca de qué había entendido aquel delegado por la palabra foráneo.</p>
<p>Sin agravios para nadie – Aquellos primeros actos barriales que hicimos con el Frente Amplio en Carmelo fueron memorables y una experiencia difícil de olvidar para muchos de nosotros, que hacíamos nuestras primeras armas en la oratoria política.  Se trataba de hablarle a la gente como uno, pedirle el voto pero sin ofrecerles nada a cambio porque nada teníamos, sin promesas, tal como era la costumbre tradicional de entonces.  Sólo poner la mayor voluntad posible para que las cosas cambiaran. Para tener un país más justo y solidario, exactamente como lo seguimos pensando ahora.  Pero no era tarea fácil hacerlo entonces, cuarenta años atrás, con un pueblo acostumbrado al cambio de colores aunque con iguales resultados.  Íbamos barrio por barrio: a veces teníamos ocho o diez vecinos, a veces éramos nosotros solos y de a poco se iban asomando cabezas por las ventanas y se arrimaban tímidamente algunos mientras otros nos observaban de lejos.  Los oradores éramos casi siempre los mismos, uno por cada grupo, pero el más popular, además de su veteranía, era el “Gaita”, que representaba históricamente a la “99”.  Orador de barricada, se autodenominaba, ¡¡y vaya si lo era!!  Enérgico, punzante, directo, no andaba con vueltas para decir lo que pensaba.  Y lo hacía con ejemplos de hechos y personas que todo el mundo conocía.  Cuando tomaba la palabra, siempre iniciaba su discurso diciendo: “Subimos a esta tribuna sin agravios para nadie…”, pero en menos de cinco minutos se venía la catarata de adjetivos durísimos contra varios personajes locales, que no se habían distinguido precisamente por la honradez de sus procedimientos. En especial hacía referencia siempre a un conocido escribano que, según se decía, era poseedor de unas quince o veinte propiedades, obtenidas muchas de ellas de forma, digamos, dudosa.  El “Gaita” se enardecía cuando lo ponía como ejemplo y en cada acto le iba agregando más casas y terrenos.  Nunca supimos realmente, ni nos interesó saber, la cantidad de propiedades que tenía el escribano pero, según la cuenta de nuestro compañero, que le adjudicó dieciocho o veinte en el primer acto en el Barrio Saravia, cuando llegamos al cierre de campaña en la Plaza Independencia, ya andaba por las cincuenta….  El casi siempre escaso público aplaudía a rabiar cuando llegaba esta referencia del orador, porque sabía que  -casas más o casas menos-  lo que se estaba diciendo era verdad y un ejemplo de lo que algunos “notables” del pueblo eran capaces de pergeñar con su ética.  Aclaremos que no todos ni la mayoría de nuestros adversarios políticos tenían esas características, pero éste sí y su mención servía a nuestros intereses.<br />
         Claro que después, cuando llegó el momento de la verdad, es decir el escrutinio, la lista del escribano sacó muchos más votos que todos nosotros juntos.  Pero ése es el comienzo de otra historia…</p>
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		<title>Hello world!</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Jun 2009 21:46:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>joseluispittamiglio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[CAMARADA Cuando escuchamos el término camarada todos lo asociamos con “amigo” o “compañero”, que efectivamente es lo que significa, a lo que debe agregarse la definición del diccionario de la Real Academia como “vínculo que une a personas que tienen intereses comunes”.  Lo que tal vez menos gente conoce es que esa misma palabra camarada [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=joseluispittamiglio.wordpress.com&amp;blog=8189298&amp;post=1&amp;subd=joseluispittamiglio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em><span style="text-decoration:underline;">CAMARADA</span></em></strong></p>
<p><strong><em><span style="text-decoration:underline;"> </span></em></strong></p>
<p>Cuando escuchamos el término <em>camarada</em> todos lo asociamos con “amigo” o “compañero”, que efectivamente es lo que significa, a lo que debe agregarse la definición del diccionario de la Real Academia como “vínculo que une a personas que tienen intereses comunes”.  Lo que tal vez menos gente conoce es que esa misma palabra <em>camarada</em> ha sido utilizada corrientemente en el Uruguay, durante muchos años y también en forma correcta, por la gente vinculada al Partido Comunista para su trato entre ellos (el camarada Arismendi, el camarada Jaime Pérez, etc.) a tal punto que, dentro del Frente Amplio, muchas veces al referirse a ellos en charlas informales se hablaba de “los camaradas”.  ¿A qué viene toda esta explicación?  Ya lo veremos.</p>
<p>En 1973 y en forma simultánea a la ilegalización de los partidos y organizaciones de izquierda, el ejército muy prestamente se hizo cargo de encarcelar de inmediato a todos los dirigentes que tenía fichados, con la ayuda invalorable de sus alcahuetes civiles.   Entonces y como era de prever, en su redada se presentaron en mi domicilio para llevarme.  Yo estaba en una reunión familiar, un cumpleaños de 15 en la sede de Cerro Oriental, fui alertado y  &#8211;antes que me rompieran la puerta a patadas y me robaran algo de la casa, como era ya su costumbre&#8211;  me vine rápidamente para la misma acompañado por mi suegro, el Toto Noy.   El hombre, caudillo blanco durante muchos años y con considerable peso en la opinión de la gente de Carmelo, intentó asumir mi defensa ante el atropello.  Con él no coincidíamos para nada en el pensamiento político, pero nos apreciábamos y respetábamos porque cada uno conocía los valores del otro y sabíamos de qué éramos o no capaces de hacer, siempre dentro del marco de la legalidad.  El oficial encargado del operativo era un teniente que se llamaba exactamente igual que un defensa de Nacional de la época, alto, moreno (el futbolista, digo) que para más datos se apodaba “Cococho”.  Mi suegro, como decía recién, intentó defenderme pero no quedó más que en el intento.  Y explico el motivo: él acostumbraba mucho a usar aquel término, <span style="text-decoration:underline;">camarada</span>, y mientras el oficial ya me estaba esposando para llevarme, quiso pararlo y explicarle que yo no era “sedicioso”, que él me conocía bien y respondía por mí, que pertenecía a un partido político legal, etc.  El error del Toto fue que inició su defensa diciendo: <em>“Escúcheme camarada…”</em> Entonces el teniente saltó como impulsado por un invisible resorte y le dijo: “ <em>A mí no me llame camarada, yo soy oriental a mucha honra y no acepto esos términos comunistas. Nosotros estamos para defender a la patria de todos estos elementos y usted, si se pone de su parte, debe ser igual que ellos”</em> y toda una retahíla de aquellos conceptos “democráticos” que le habían metido en la cabeza y se los había aprendido de memoria.   Lo cierto es que mi suegro, de quien no olvido la intención de su gesto, tuvo que quedarse con la defensa en el tintero ante la prepotencia de este “Cococho II”.   Y yo por esta vez (lástima que no ocurrió lo mismo con la siguiente) debí pasar unos días, no muchos, en la comisaría de Carmelo hasta que llegó la orden de liberarme.</p>
<p>J.L.Pittamiglio Olmedo<em> </em></p>
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