La TV noes para mi

Por J. L. Pittamiglio Olmedo
Supongo que para la gente debe ser una satisfacción personal grande, aunque no lo manifieste, aparecer en las pantallas de televisión. Siempre y cuando, claro, la imagen no integre alguna galería de las que facilitan las jefaturas de policía. Que te vean miles de personas, que te oigan haciendo declaraciones o, aunque más no sea, que te reconozcan y digan:“¡¡Ché, mirá que viejo que está Fulano!!, ¡¡pensar que íbamos juntos a la escuela!!” Cualquier reacción, pero sobre todo el orgullo de estar un ratito ahí, en eso que el público ha llamado de distintas maneras, desde caja boba hasta pantalla de plata. Además y muy acertadamente, ya lo dijo aquel ex mandatario de pobladas cejas: “lo que no aparece en la TV, no existe”.

Y tenía sobrada razón don J.M. Hace unos días estaba haciendo un repaso mental sobre distintas actividades practicadas a lo largo de los años, como seguramente todos hacemos a veces. Y caí entonces en la cuenta de que la TV no ha sido bondadosa conmigo. Diría más: me ha dado vuelta la cara. Y si no, vean los resultados de las tres veces que me enfrenté con las cámaras.

La primera, allá por los años ´70 y poco, en el canal de Colonia, siendo edil de la Junta Departamental. Antes de cada sesión invitaban a los estudios, a tres, un representante de cada partido, a opinar sobre los asuntos a tratar ese día en la Junta. Íbamos bárbaro, pero duró poco aquello, ya que la mayoría entendió que no era conveniente que la fuerza política que yo representaba tuviera oportunidad de expresarse en iguales condiciones que ellos. Y el canal, sencillamente, nos borró del mapa y para los televidentes dejamos de existir entonces. Primera advertencia.

La tercera y última -y dejo la segunda para el final- fue hace poco, cuando Radio Carmelo cumplió 50 años, que me hicieron una entrevista por el canal de cable local, la que hubo que repetir una y otra vez porque la cámara funcionaba mal. Según me contaron después, el susodicho artefacto suspendió sus funciones por un largo tiempo, tal vez -vaya uno a saber- si no habrá sido en señal de protesta por no gustarle mi cara.

La segunda incursión en la pantalla chica, que por ser la más jugosa dejé para el final, tuvo lugar en un canal de cable de Montevideo hace unos tres años, en un programa largo de los sábados de tarde. Yo concurro, a partir de mi jubilación, a un centro para adultos mayores en el que se imparten una gran cantidad de cursos y talleres, dictados por docentes en su mayoría también jubilados, que lo hacen en forma honoraria y con admirable dedicación. Realmente un ejemplo, tanto los profesores como el instituto. Por eso mismo un día llegó una invitación para concurrir a ese programa, para dos personas, un docente y un alumno. Nos designaron para ir a Sofía, una profesora de Historia Universal a la que admiro y quiero mucho, y a mí, para que habláramos de la institución. Como nos dijeron que la entrevista iba a durar entre 10 y 12 minutos, acordamos previamente lo que íbamos a decir, para aprovechar bien el tiempo (“vos hablás de las materias, yo hablo de los socios”, “vos hablás de los profesores y yo doy la dirección y el teléfono”, “yo hablo de la cuota social y vos de la audición”, etc, etc.). Y así llegamos al canal el sábado, 40 minutos antes como nos dijeron, listos para la entrevista.

Y fueron llegando también los demás invitados, componiendo un grupo por demás heterogéneo, a saber y por su orden: Dos travestis, un conocido contador de cuentos verdes que actúa por lo general en los tablados de carnaval, un grupo de niños discapacitados a los que la maestra, inexplicablemente, hizo descalzar y dejar los championes apilados en un rincón, una señora cuidacoches de una zona céntrica, maquillada y vestida por algún enemigo, que después supimos que hacía comentarios sobre sucesos de actualidad, un dúo de guitarristas disfrazados de gauchos (y digo “disfrazados” porque no lo eran y yo respeto mucho la vestimenta del gaucho verdadero). Y completábamos el plantel, un grupo de danzas árabes y nosotros dos, que íbamos de sorpresa en sorpresa ante la aparición de cada una de las figuras con las que compartiríamos el espacio. Mi compañera, más que sorprendida estaba azorada, a tal punto que en un momento me susurró: “José Luis, ¿querés decirme adónde nos hemos metido?

Lo que vino después fue rápido y precipitado ya que, como se dice siempre, en radio y televisión el tiempo es oro. Llegó el conductor y nos hizo pasar con él al estudio central -denominación demasiado pomposa para un galpón- ; los niños descalzos se sentaron en semicírculo y su maestra saludó brevemente, bailaron las danzarinas árabes, desafinaron exitosamente los “gauchos”, desgranó sus sesudos comentarios la cuidacoches, blusa roja y pollera verde (sin duda hincha de Rampla) y, cuando quisimos acordar, nos llamaron a nosotros anunciándonos como “integrantes de un club de abuelos que queríamos decir algo”. No era ni una cosa ni la otra, pero no estábamos allí para reparar en exquisiteces idiomáticas; y dispuestos, enfrentamos cámaras y micrófonos.

Transcurrió aquella entrevista tan aceleradamente, que no sé si alcanzamos a decir en forma sintética la cuarta parte de lo que pensábamos. Cuando quisimos acordar, y con la certeza de que el lastimoso conductor, mirando para otro lado, no tenía ni idea de quiénes éramos ni qué habíamos dicho, nos estaban despidiendo y agradeciendo nuestra presencia. Pienso que estuvimos unos dos minutos en el aire, aunque la profe Sofía dice que soy demasiado optimista. Todavía faltaba terminar la nota prometida a la maestra, la presencia de los travestis que no supimos a qué podía obedecer y el cuentista, que tal vez quedaba para el final por si les censuraban la emisión. Digo yo, no sé.

Huimos casi despavoridos de allí. Ya en la calle, le comenté a Sofía: “Cuando contemos todo esto, no nos van a creer…” Y la profesora, muy original y dueña de un humor realista y ácido a la vez, respondió con esta frase que quedará para siempre en mi recuerdo: “No sé si se lo contaré a alguien o lo sepultaré en lo más profundo del olvido”.

Por todo esto es que tengo que pensar –y quienes llegaron hasta aquí estarán de acuerdo conmigo– que las cámaras de televisión no se hicieron para mí. Deberé seguir del otro lado, es decir frente a la pantalla, sufriendo con Peñarol y con la crónica policial con que nos deleitan los noticieros. O absorbiendo cultura importada con destacados docentes como Marcelo Tinelli, Susana Giménez o Jorge Rial. Son destinos, que le dicen…

Advertisement

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.