Aquellos ojos verdes

Ya se había convertido en un hábito desde hacía mucho tiempo. Después de dar por cumplido el horario que se había impuesto para su trabajo -es decir el ejercicio metódico y ordenado de su profesión- Roberto siempre cumplía con su visita al “Orfeo”, un bar que estaba a mitad del cercano camino entre la oficina y su apartamento de soltero. Era un lugar chiquito, tranquilo, coqueto y con un no sé qué de calidez que a él le gustaba; y que se ocultaba casi entre dos comercios con frentes ostentosos. Roberto le decía al dueño que era un cobarde por no haberse animado a denominarlo “confitería”.
Éste le respondía: “déjelo así contador, déjelo así, que no quiero que se me llene de gente extraña pidiendo cosas raras. Con la clientela que tengo me alcanza y trabajo tranquilo”. Roberto se reía, pensando en la canción de Serrat “Cada loco con su tema”, aunque no le disgustaba el razonamiento de Paco, aquel gallego tan original. En el fondo él tampoco quería que aquel ambiente cambiara. Su rutina en lo referente al pedido que hacía no era muy variada: un whisky (“con dos cubitos y nada más”), si pensaba cenar más tarde. O de lo contrario, si había almorzado bien y no tenía interés en recargarse de comida, pedía un sándwich de pan negro y un cortado doble, que ya constituían su cena.
No quería excederse de peso, cuidaba su figura y dos veces por semana se castigaba -con frío o calor- en el gimnasio, con trote, ejercicios variados, bicicleta, pesas y todo lo que le sugiriera el profesor. Y se mantenía muy bien, algo que lo satisfacía a sus 40 años. En el estudio bromeaban con su estado físico, especialmente las mujeres y le decían que todo aquello era el paso previo para conseguir novia y casarse. “Ustedes hablan como mi mamá”, les contestaba, “déjenme tranquilo que así estoy muy bien”. Pero aquella tranquilidad se vio conmocionada un día, ese día que a todos nos llega alguna vez, cuando precisamente en el “Orfeo”, su mirada se cruzó con unos penetrantes ojos verdes que le estaban observando desde una mesa cercana. Sostuvo por unos instantes aquella mirada, hasta que siguieron cada cual en lo suyo, sin mayores consecuencias. Al menos por el momento. Roberto quedó impactado aunque pensó que, como otras veces, aquello no iba a pasar de un deslumbramiento fugaz. Un relámpago, más precisamente, fue la imagen con la que lo asoció. Pagó su consumición y se fue sin mirar hacia las otras mesas, no teniendo muy claro si aquella actitud era de indiferencia o de temor. Pasaron varios días antes de que “Ojos verdes”, como él había registrado en su mente, apareciera de nuevo por el bar.
Esta vez, al contrario de la anterior, no tenía compañía y estaba desde antes de que él llegara, tomando un café y mirando distraídamente hacia la calle. Reparó en él cuando entró, pero tardó un buen rato, calculadamente se le ocurrió a Roberto, en dirigirle la vista. Por dos veces al cabo de unos minutos, sus miradas volvieron a cruzarse, con unos segundos más de duración pero con idéntica intensidad. Aquello le gustaba, no podía negárselo; era algo diferente de lo que había experimentado otras veces, era algo así como una invitación, pensó. Pero…. ¿y si no lo era?, ¿si se trataba nada más que de una ilusión suya? Con estas dudas estaba en su cabeza cuando, de repente, la figura desapareció. En la próxima, si es que hay una próxima, pensó, me la juego y me arrimo. No tengo mucho que perder y, si es como presiento, tal vez mucho para ganar. Y se aferró a lo que expresa aquel viejo dicho popular: “la tercera es la vencida”.
Y la tercera se dio. “Ojos verdes” apareció en la puerta, deslumbrante para él que nunca había apreciado aquel cuerpo en su totalidad. Cuando miró en su dirección, Roberto no dudó en hacerle una amable seña indicándole el lugar libre que había frente a él en su mesa. Ante su asombro, se acercó lentamente y se sentó, no sin antes aclarar con voz suave: “Vamos a charlar un rato. Tengo poquitos amigos porque soy muy exigente y los elijo. Después vemos si seguimos hablando o no. ¿Está claro?”. Estaba clarísimo.
Él tiró el primer tema y empezaron hablando de libros y de música, pasaron luego al teatro, al cine, la TV, la pintura. Comenzó como el estudio previo que se hacen los boxeadores en ese prólogo del combate. Pero la conversación se fue animando y asombrosamente descubrieron gustos afines en una cantidad de cosas. Siguieron después con otros temas como la gastronomía, el deporte, la moda en el vestir, la política. Y notaron que tenían tema para rato, que había muchos puntos de unión y que sí, que iban a seguir hablando. ¡Quién sabe si la unión no podría ser más estrecha! Fijaron un día para ir juntos al cine y Roberto al despedirse -y lógicamente después de haberse hecho las formales presentaciones- le pidió autorización para seguir llamándole “Ojos verdes”, lo que se rubricó con sonrisas de ambas partes.
El jueves siguiente fueron al cine a ver la última película protagonizada por esa belleza que es Angelina Jolie. No les gustó mucho, aunque la verdad es que no fue demasiada la atención que le prestaron tampoco. Sus manos, unidas como por casualidad, sus miradas mil veces encontradas bajo la iluminación de la pantalla y sus cambiantes tonalidades; y también algún beso furtivo acompañado de susurros cómplices, hicieron el resto. Y entonces supieron con claridad cómo podía continuar su historia. Con el archiconocido pretexto de tomar un café, fueron al apartamento de Roberto, sabiendo de antemano que lo que menos pensaban saborear era precisamente un café. Y se amaron una y otra vez, apasionadamente, se complementaron a la perfección, se entendieron como tal vez no lo habían pensado. Y se juraron amor y comenzaron a planificar un futuro juntos, si era que el camino se presentaba tan claro como les pareció esa primera noche. Desde entonces y luego de sus tareas cotidianas fueron casi inseparables.
El “Orfeo” era su punto obligado de encuentro. Tenían salidas compartidas casi todas las noches, las que, unas veces sí y otras no, tenían su etapa final en el apartamento. Los domingos generalmente salían a correr juntos por el Prado o la Rambla o iban de visita al Museo Blanes o al Parque Rodó. Oían juntos desde Las 4 estaciones de Vivaldi o Canto gregoriano hasta lo mejor de Piazzolla y leían tanto a Walt Whitman como a Neruda, Benedetti o Galeano, porque sabían que eran gustos comunes. Habían tocado varias veces el tema de la convivencia pero “Ojos verdes”, algo renuente, decía que eso se iba a dar en el momento oportuno.
Roberto le había dado un juego de llaves para cuando fuera necesario. Una tardecita, al llegar al bar como siempre, no hubo encuentro. Esperó un rato, le llamó por el celular y “Ojos verdes” le dijo que se verían más tarde, que iba directamente para el apartamento. Él le pagó a Paco el whisky que había tomado y se fue despacio pensando en lo que podía preparar para la cena, aunque se dijo que lo mejor era pedir algo a la pizzería de abajo. Cuando llegó al apartamento y abrió la puerta se encontró con la sorpresa: cuadros distintos en las paredes, flores, algunos muebles nuevos muy discretamente armonizados con los suyos, cortinas… Una tarea que sin duda había llevado todo el día. Y en la puerta de la cocina, la amplia sonrisa de “Ojos verdes”, más verdes que nunca, con sus brazos abiertos mientras observaba la reacción de Roberto. Se abrazaron y lloraron juntos de felicidad. Como decía aquel animador de TV, Roberto Galán, mezcla de pedante y burlón: “Se ha formado una pareja”.
Y era así, ahora sí podían decirlo a quienes quisieran escucharlo: somos pareja. Las compañeras del estudio, mujeres al fin, se habían enterado ya de sus amores y le habían hablado de anillos, de compromiso y hasta de casamiento. Se amaban, sabían que iban a seguir juntos hasta que el destino dijera basta. El compromiso lo habían asumido de común acuerdo. Y por si alguna duda quedaba, estaba inscripto claramente en el tronco de uno de los plátanos, junto a la fuente Cordier del Prado. Allí, con escritura algo tosca hecha con la punta de un clavo herrumbriento, había un corazón que contenía dos nombres en su interior: “César y Roberto”

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