Tres sonrisas en el penal

Por J. L. Pittamiglio Olmedo

La marca de Agazzi. Quien esto escribe, y en la época en la que el basquetbol no era un deporte casi exclusivo para grandotes, supo también practicarlo integrando la reserva del Club Atlético Plaza.  Recuerdo que, formando el quinteto con Danilo Quintana, Toto Campoleoni, Bacholo Ríos y el Negro Aguinaga, arrasamos en forma invicta con dos campeonatos seguidos de la Liga Carmelitana.  ¡¡Qué tiempos aquellos!!  Muchos años transcurrieron antes de que tuviera oportunidad de practicarlo de nuevo, aunque obviamente hubiera preferido que no fuera en tales condiciones.  Pero esos avatares del destino no los elige uno.  Y volví, después de los 40, a formar parte de un equipo de basquetbol defendiendo a la Barraca 5B del Penal de Libertad.

Y aquí la anécdota.  Jugábamos un torneo inter barracas y nos tocaba ese día enfrentar a la que estaba mejor integrada (y que finalmente ganó el campeonato), que tenía entre sus valores destacados al hoy senador Ernesto Agazzi.  Yo, en Plaza, siempre fui de “gatillo fácil”, me escapaba por la punta derecha y en cuanto podía, tiraba al cesto.  La verdad es que la mayoría de las veces erraba y recibía las merecidas críticas de mis compañeros.  Pero en otras, embocaba un doble, me entusiasmaba y seguía igual.  En este otro torneo tan especial quise repetir lo mismo que en mis años jóvenes, pero me encontré con dos elementos inesperados: mi velocidad no era la misma y además me enfrentaba a la marca del flaco Agazzi.  Lucha injusta y desigual, mis escasos 1.67 contra los 2 metros del flaco que, sin moverse un centímetro del piso y con sólo levantar una mano, terminaba una y otra vez con mis temerarias arremetidas y se quedaba con la pelota.  Así por tres o cuatro veces, ante la calentura mía y los aplausos de la hinchada contraria.  Hasta que en un momento “se me prendió la lamparita” y ensayé una jugada que ni hoy me explico cómo me salió.  Venía con la pelota y, un momento antes de tirar, frené, amagué para un costado, me fui por el otro, enfrenté el tablero y  —ante el asombro de no encontrarme con la malvada mano de Agazzi—  convertí el doble.  Ha de haber sido una jugada muy graciosa porque los compañeros todos aplaudían muertos de risa.  Yo no lo podía creer, entonces sentí el palmoteo del flaco sobre mi cabeza, mientras me decía: “Esta vez me embromaste, chiquito”.  Podría alardear y decir que fue una genialidad de mi parte, pero, para ser sincero, nunca terminaré de entender bien lo que hice.

El humor de Aníbal. Una mañana nos habían sacado a trabajar en la quinta, en un día especial para tomar ese aire y sol que tanto necesitábamos.  No se daba muy seguido y había que aprovecharlo.  Éramos tres, elegidos vaya a saber con qué criterio, de distintos sectores: Aníbal Sampayo, el Canario Marrero, que salía siempre, y yo.  Hacía rato que estábamos en plena tarea  —y obviamente conversando e intercambiando noticias—  acompañados por un soldado que por suerte no nos molestaba para nada, cuando de pronto apareció el cabo que tenía a su cargo esas actividades.  Dirigiéndose a Marrero y después de hacerle algunos comentarios acerca de la quinta, le dijo que iba a mandar a comprar semillas y le preguntó cómo se llamaba esa conocida variedad de tomate redondeado, de cuello verde.  Marrero, que era ingeniero agrónomo y tenía por qué saberlo, de inmediato le contestó que el nombre de esa variedad era “Marglobe” y el cabo enseguida tomó nota.  Sampayo, rápido como siempre, se me acercó y simulando un gesto compungido, me dijo bajito: ¡¡qué macana se mandó Marrerito!! ¡¡Va a ir a parar a la isla!!  Y ante mi sorprendida interrogante del por qué, me respondió con otra pregunta: ¿no te diste cuenta que le dio la marca de una pelota de básquetbol?

Una lección. El Dr. Hugo Sacchi, ginecólogo, fue una verdadera eminencia en su especialidad.  Autor del libro “El parto sin dolor”, volcó en él toda su experiencia profesional y humana, las enseñanzas de su maestro el Dr. Juan José Crottogini y sus estudios sobre los célebres “reflejos condicionados” de Iván Pavlov que revolucionaron la fisiología moderna.  Ese libro, con ocho ediciones, popularizó el nombre de Sacchi, especialmente entre las mujeres de todo el Uruguay.  Tuvo una extensa trayectoria profesional y gremial siendo, en el terreno político, afiliado al Partido Comunista.  Fue también él, a parar al Penal de Libertad y allí se ganó el cariño y aprecio de quienes compartimos ese tiempo con él, un ejemplo de cómo sobrellevar la situación con valentía y entereza.  No pudieron doblegar su fortaleza de espíritu, aunque sí, como a tantos, le dejaron huellas en su organismo.  El Gordo Sacchi (nos pedía que lo llamáramos así y no permitía que nadie lo tratara de “usted”) nos enseñó mucho con sus conocimientos y sobre todo con su forma de ser y encarar la situación y la vida misma.
En el penal había una porqueriza, en la que trabajaban varios compañeros en el cuidado de los cerdos allí existentes.  Era un motivo válido para pasar diariamente varias horas fuera de la barraca o la celda, cosa que hacían los compañeros designados, que eran casi siempre los mismos.  Un buen día, que había una chancha por parir, seguramente por iniciativa de ese genio de la maldad que era el Psicólogo Brito (artífice de todo lo que pudiera perjudicar al preso), no tuvieron los milicos mejor idea que llamar al famoso ginecólogo Sacchi para atender el parto de la chancha, con la intención evidente de humillarlo.  Sin mediar palabras de su parte, lo llevaron ese día, también el siguiente y un tercero en el que tuvo lugar el advenimiento de los cerditos.  Al atardecer, cuando regresaba la gente de los distintos trabajos, al llegar a la entrada de las barracas, el Gordo Sacchi le dijo al guardia que los acompañaba que quería hablar con el Mayor encargado de ese sector. Todo el mundo, presos, soldados, cabo, sargento, quedaron impactados ante aquel pedido, con la certeza de la mayoría de ellos de que Sacchi iba a protestar por la falta de respeto que se había tenido hacia él y su larga trayectoria profesional, al llamarlo para asistir el parto de una chancha.  Todos los que pensaron así, incluyendo al Mayor de barracas, que seguramente tenía ya preparada su respuesta, se equivocaron.  El Gordo Sacchi, el Dr. Hugo Sacchi, con su aplomo y su “cancha” habituales, le dijo: “Mayor, estos tres días de aire y sol me han venido tan bien, que quiero pedirle si me puede seguir mandando todos los días a la porqueriza”.  Y lo siguieron mandando, no sin aceptar que el tiro les había salido por la culata.  Y que habían recibido una lección, de ésas que no están en sus manuales militares.

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