Ya desde sus primeros años Juan Ángel no era como los otros chiquilines del barrio. Tardaba en reaccionar, había que explicarle las cosas varias veces, tenía algunas dificultades al hablar y otras deficiencias claramente visibles. La madre, doña Paula, se preocupaba en explicar que el niño no era retardado, que el especialista le había dicho –y lo repetía con sus mismas palabras– “que su edad cronológica estaba desfasada con la edad intelectual”. Pero que, con el paso del tiempo, aquello no se iba a notar. Lo cierto es que pasaron los años y Juan Ángel siguió con aquel notorio retardo que nunca se ajustó con el tiempo real. Los muchachos, que son crueles muchas veces en estos casos, lo rebautizaron y empezaron a llamarle “Bobi”, que no era ni más ni menos que un apócope de bobito. Y así se le siguió llamando por el resto de sus días. Fue poco lo que pudo avanzar en el estudio; apenas terminar la escuela primaria con muchas dificultades y el pasaje por un centro especial donde trataron de enseñarle algún oficio para defenderse en el futuro. Lo cierto es que Bobi aprendió muy poco, pero igual puso mucho empeño en hacer alguna actividad que le permitiera ganarse unos pesos. Porque eso sí lo había aprendido y era conciente de que era bueno tener su platita y arrimarle también algunos billetes a su madre y colaborar para “parar la olla”.
Hacía mandados, limpiaba terrenos, partía leña a domicilio con un hacha que había sido de su padre, ayudaba en una mudanza, repartía volantes de propaganda, descargaba materiales de un camión y muchas tareas de ese tipo que su capacidad le permitía hacer. Era muy respetuoso, simpático y con fama de ser de extrema confianza, por lo que se ganó el aprecio de la gente del pueblo. Claro que, como ocurre siempre en estos casos, hubo otras personas que se aprovecharon de él, que le hacían bromas pesadas, que se reían de sus defectos. Los “vivos” de siempre, burlándose del más débil y festejándolo como una gracia.
Él tenía su lugar de concurrencia habitual, donde quien necesitara de alguna de sus changas sabía que allí lo encontraba: el salón “Maracaná” frente a la plaza principal. Sus propietarios eran Lalo y Rafael, dos elementos con no muy recomendables antecedentes, de los que se comentaba que estaban metidos en otras actividades. Ilícitas obviamente pero mucho más lucrativas que el saloncito que les servía de pantalla. Y justamente ellos eran quienes más se divertían a costa de las vivezas de las que Bobi era siempre su víctima. Lo mandaban a llevar un paquete a una dirección inexistente o a lavar hojas de papel carbónico; un día le hicieron recorrer las seis librerías del pueblo buscando un libro con título inventado, “Juancito el caminante”. Y Bobi, que se daba cuenta medio tarde de la broma, aguantaba. Otra vez, sabiendo que era hincha aurinegro (de “Peñadol” como decía él), le trucaron una foto suya en la computadora y apareció vestido con la camiseta de Nacional, la que ampliaron y pusieron en la vidriera. Y Bobi seguía aguantando. Ésta y muchas otras bromas pesadas y hasta sádicas a veces.
A él le gustaba ir al cine cuando podía y en especial le encantaban las películas de suspenso. Coincidió, hecho no muy frecuente, que cuando exhibieron en el Atlas una que se llamaba “Peligro inminente” con Harrison Ford, la dieron dos días antes por televisión y Bobi la disfrutó en su casa, una vez terminadas las milanesas servidas por doña Paula.
Dos noches después tuvo lugar uno de los hechos policiales más notorios en la historia de aquella localidad. Dos conocidos comerciantes, Lalo Estévez y Rafael Soria, habían sido brutalmente asesinados en una habitación que daba a los fondos del salón Maracaná mientras revisaban cuentas, presentando profundas heridas en la cabeza, ocasionadas, según el parte policial, por un arma u objeto cortante y contundente, como podía ser por ejemplo un machete o un hacha. El forense dictaminó que el fallecimiento de estos dos vecinos se había producido entre las 21 y las 23 horas, aproximadamente. Fueron citadas a declarar muchas personas, vinculadas por motivos comerciales (legales e ilegales) a los fallecidos o por concurrir asiduamente a su salón. Entre ellos Juan Ángel Fonseca, alias Bobi, quien aseguró estar presente esa noche en el cine Atlas, contándole al juez con lujo de detalles los pormenores de la película, de la que el magistrado, casualmente, también había sido espectador. Y quedando así libre de toda sospecha.
Las investigaciones prosiguieron durante un tiempo sin resultados y finalmente se cerró el caso con la convicción, dada la calaña de los occisos, su probada vinculación con la droga y el juego clandestino y descartando el móvil del robo, ya que no faltó dinero ni objetos de valor, de que se había tratado de un “ajuste de cuentas”. Y sin duda que fue la denominación más acertada. Bobi siguió trabajando en sus changas, pero ahora con algo dibujado en su rostro, muy parecido a una leve sonrisa.
J.L.Pittamiglio Olmedo