EL TANGO, SIEMPRE EL TANGO
Ya nos hemos referido en varias oportunidades al contenido de algunas letras de tango y hoy volvemos al tema porque sabemos que se trata de una fuente inagotable. Por supuesto que lo hacemos poniendo un poco de humor y otro de ironía y que nuestra alusión se refiere a algunas letras y a algunos de sus versos, que no han sido, digamos, muy felices. De ninguna manera estamos atacando al tango, género que admiramos desde siempre y que por algo ha sido consagrado recientemente como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Y el tango rioplatense, que quede bien claro, como tiene que ser. Lo que pasa es que muchas veces a los letristas, en varios sentidos y guiados por la emoción tal vez, se les ha ido la mano. Claro que, como dice Idea Vilariño, a quien siempre recurrimos cuando abordamos este tema, “ésta es poesía que nace cantada, al servicio de una música y contando con ella. En todos los casos se puede asegurar que la canción real es mucho mejor que su descarnada palabra en el papel”. Hago esta aclaración, porque el año pasado en el Ateneo de Montevideo, luego de leer una nota parecida a ésta, un señor se incomodó y me dijo que yo era un enemigo del tango. No le contesté por dos razones: 1) no era el lugar ni momento apropiado; y 2) el hombre era mucho más grande y fornido que yo… así que, por las dudas, me hice el sota.
Hoy queremos hablar primero de las letras claramente discriminatorias cuando hacen referencia a mujeres y hombres, especialmente cuando se asocian al paso de los años, Y para empezar, veamos que, mientras en “Fume compadre” se dice delicadamente “que como el humo del cigarrillo, ya se nos va la juventud” o en “La novia ausente” se recuerda “aquella veintena de abriles felices, cuando solamente tu risa se oía y yo no tenía los cabellos grises”, en “Esta noche me emborracho”, Discepolín dispara a mansalva contra la fulana: “Sola, fané y descangayada la vi esta madrugada salir de un cabaret. Flaca, dos cuartas de cogote y una percha en el escote, bajo la nuez” y le da el tiro de gracia diciendo que “parecía un gallo desplumao, mostrando al compadrear su cuero picoteao”. Otro ejemplo es “Me da pena confesarlo” cuando dice el protagonista que “es triste, qué canejo, sentir que pasan los años y que vamos para viejos”, mientras que en “Tiempos viejos” el hombre recuerda “casi me suicido una noche por ella y hoy es una pobre mendiga harapienta”, o a la mina de “Mano a mano” a la que Celedonio Flores le augura: “y mañana, cuando seas descolado mueble viejo y no tengas esperanzas en el pobre corazón. Si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo, acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo, pa´ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión”. Esto último para que vea que somos buenos y que no le guardamos rencor porque nos amuró cuando la sedujo “la milonga entre magnates con sus locas tentaciones”. En una palabra que los hombres salimos bastante bien parados al llegar a veteranos; somos “muchachos que peinan canas”, apenas si tenemos “los cabellos grises” o las canas “platean nuestras sienes”, expresión que, no me dirán que no suena hasta elegante, si se quiere. Por el lado femenino en cambio, la cosa viene mucho más complicada: “flor de fango”, “descolado mueble viejo”, “mendiga harapienta”, “sola, fané y descangayada”, “gallo desplumao” o este compendio en “Vieja recoba” cuando le recuerdan: “Yo la he visto cuando moza ir tejiendo fantasías, con sus sueños de alto vuelo y sus noches de champán; pobrecita, quien pensara los finales de su vida y en la trágica limosna vergonzante que hoy le dan”.
Menos mal que el partido se empareja bastante cuando se trata de la autoestima. Ahí sí que nadie se achica, porque mientras ella dice “Yo soy la morocha, la más agraciada, la más renombrada de esta población” o en “Arrabalera”: “Soy la pebeta más rechiflada que en el suburbio pasó la vida, soy el orgullo del barrio entero” o “soy la paica de San Telmo, la más papa y retrechera”, los varones no nos quedamos atrás. “Mi nombre es macho, soy el gotán, vestí de negro con funyi claro y me quisieron y respetaron” se dice en “Retrato”. Y en “Cuartito azul”, esa letra tan dulce y sentida, uno ni se da cuenta porque está mezclado con nostálgicas evocaciones, pero si ponemos atención veremos que expresa: “ya no soy más aquel muchacho oscuro, todo un señor desde esta tarde soy” y al final llega el momento en el que uno se imagina que el personaje debe ser el ganador de un premio Nóbel (o al menos de un Florencio o una medalla de oro olímpica), porque fíjense que dice: “Quizá tendré para enorgullecerme, gloria y honor como nadie alcanzó” … y han de ser contados los que alcanzan gloria y honor como nadie. Y está también el compañero de “la uruguayita Lucía, la flor del pago de Florida”, que fue llamado a integrar las filas de don Juan Antonio, nada menos, cuando dice con toda claridad: “junto al clarín de victoria, también se escucha una queja, es que tronchó Lavalleja a la dulce pareja el idilio de un día”. Yo no tengo conocimiento (como decía aquel recordado ministro) como para hacerlo, pero sería interesante que algún historiador investigara en el cuadro de Blanes, porque de repente allí aparece aquel “buen payador y buen mozo” que a Lucía “le pidió el corazón y ella le dio el alma entera”
Y para terminar por hoy con esto de las letras, vamos a hacerlo con algo agradable, que nos reencuentre a todos, como el amor, que nos recuerde los buenos momentos compartidos aunque muchas cosas hayan cambiado. “A media luz” nos brinda de todo para que estemos felices: “no hay porteros ni vecinos, adentro cóctel y amor”, “un telefón que contesta, una vitrola que llora viejos tangos de mi flor”, “todo a media luz, crepúsculo interior”, “almohadones y divanes como en botica cocó, alfombras que no hacen ruido y mesa puesta al amor”. Como bien dice al final: “hay de todo en la casita”… y el amor, buscando un poco en la memoria o en la imaginación, lo ponemos nosotros….. ¿Qué más podemos pretender?
J.L.Pittamiglio Olmedo