J. L. Pittamiglio Olmedo
Jueces foráneos – El nombre de la liga de fútbol no importa, pero digamos que era del oeste del Departamento de Colonia allá por los años ´55 o ´60. Por distintas circunstancias, los arbitrajes de los últimos tiempos habían sido un verdadero desastre, con una serie de consecuencias colaterales: insultos, agresiones, lesiones serias, acusaciones de soborno, peleas entre jugadores, jueces, hinchas, dirigentes y delegados. Ya mucha gente había optado por no ir a la cancha los domingos, porque el espectáculo se había convertido en un verdadero caos. En las sesiones de la Liga se barajaban distintas fórmulas para solucionar aquella situación, pero iban fracasando una a una. Ante la impaciencia de los diferentes protagonistas pero también, a decir verdad, ante el bajísimo nivel de los jueces, que no embocaban ni un partido que dejara medianamente conforme a nadie. Hasta que, al fin ¡¡se hizo la luz!! El Presidente, que junto con el Tesorero había estado varios días estudiando la forma de financiarlo, aportó la solución mágica: desde la próxima fecha, árbitros foráneos para todos los partidos. Habría que gastar más dinero, pero eso traería tranquilidad a todas las partes. Se discutió el tema, se barajaron cifras y datos, las posiciones fueron haciéndose casi unánimes y llegó el momento de votar. Fue entonces que, uno de los delegados, que no tenía la menor idea de lo que quería decir foráneo, pero que por orgullo no se atrevía a preguntarlo, cuando le consultaron si acompañaba la decisión con su voto, se mandó aquella frase que quedó para la historia: “—Estoy de acuerdo, sí…¡¡pero que sean bien foráneos, eh!!”. El campeonato siguió y terminó con total normalidad, aunque quedó para siempre la duda acerca de qué había entendido aquel delegado por la palabra foráneo.
Sin agravios para nadie – Aquellos primeros actos barriales que hicimos con el Frente Amplio en Carmelo fueron memorables y una experiencia difícil de olvidar para muchos de nosotros, que hacíamos nuestras primeras armas en la oratoria política. Se trataba de hablarle a la gente como uno, pedirle el voto pero sin ofrecerles nada a cambio porque nada teníamos, sin promesas, tal como era la costumbre tradicional de entonces. Sólo poner la mayor voluntad posible para que las cosas cambiaran. Para tener un país más justo y solidario, exactamente como lo seguimos pensando ahora. Pero no era tarea fácil hacerlo entonces, cuarenta años atrás, con un pueblo acostumbrado al cambio de colores aunque con iguales resultados. Íbamos barrio por barrio: a veces teníamos ocho o diez vecinos, a veces éramos nosotros solos y de a poco se iban asomando cabezas por las ventanas y se arrimaban tímidamente algunos mientras otros nos observaban de lejos. Los oradores éramos casi siempre los mismos, uno por cada grupo, pero el más popular, además de su veteranía, era el “Gaita”, que representaba históricamente a la “99”. Orador de barricada, se autodenominaba, ¡¡y vaya si lo era!! Enérgico, punzante, directo, no andaba con vueltas para decir lo que pensaba. Y lo hacía con ejemplos de hechos y personas que todo el mundo conocía. Cuando tomaba la palabra, siempre iniciaba su discurso diciendo: “Subimos a esta tribuna sin agravios para nadie…”, pero en menos de cinco minutos se venía la catarata de adjetivos durísimos contra varios personajes locales, que no se habían distinguido precisamente por la honradez de sus procedimientos. En especial hacía referencia siempre a un conocido escribano que, según se decía, era poseedor de unas quince o veinte propiedades, obtenidas muchas de ellas de forma, digamos, dudosa. El “Gaita” se enardecía cuando lo ponía como ejemplo y en cada acto le iba agregando más casas y terrenos. Nunca supimos realmente, ni nos interesó saber, la cantidad de propiedades que tenía el escribano pero, según la cuenta de nuestro compañero, que le adjudicó dieciocho o veinte en el primer acto en el Barrio Saravia, cuando llegamos al cierre de campaña en la Plaza Independencia, ya andaba por las cincuenta…. El casi siempre escaso público aplaudía a rabiar cuando llegaba esta referencia del orador, porque sabía que -casas más o casas menos- lo que se estaba diciendo era verdad y un ejemplo de lo que algunos “notables” del pueblo eran capaces de pergeñar con su ética. Aclaremos que no todos ni la mayoría de nuestros adversarios políticos tenían esas características, pero éste sí y su mención servía a nuestros intereses.
Claro que después, cuando llegó el momento de la verdad, es decir el escrutinio, la lista del escribano sacó muchos más votos que todos nosotros juntos. Pero ése es el comienzo de otra historia…