Por J. L. Pittamiglio Olmedo
Hace un tiempo, en uno de los denominados “Talleres de la memoria” –que me permito recomendar porque nos ayudan mucho a los adultos mayores- nos invitaron a los asistentes a hablar sobre alguna fecha que tuviera un significado especial en nuestras vidas, sin importar la época en la que había tenido lugar, ni el carácter, pero que hubiera dejado una marca imborrable en nuestra memoria.
A todos nos pasa, sin excepciones, que conservamos en el recuerdo distintas fechas de acontecimientos familiares, laborales, sociales, etc., habitualmente agradables, aunque también de los otros. Como por suerte no constituyo ninguna excepción a la regla, repasé mentalmente fechas y hechos del tipo expresado y no tuve la más mínima duda en elegir la del 16 de julio de 1950. Ese día (¡¡qué veterano que estás J.L.!!) yo cumplía mis quince años y ese día la Selección de Uruguay jugaba contra Brasil la final en Maracaná, ganando y obteniendo su cuarto título máximo a nivel del fútbol mundial. ¡¡Casi nada lo del ojo!!
El festejo de los cumpleaños de 15, tradicionalmente, ha estado reservado para las niñas, con fiesta, baile, muchos invitados, torta con 15 velitas, regalos colectivos… siempre, por supuesto, que los padres estén en condiciones de financiarlo. En el caso de mi familia, hipotéticamente, hubiera sido imposible. Primero, porque éramos dos varones y segundo, porque nuestros padres -incansables y sacrificados trabajadores- no hubieran podido afrontar un lujo de este tipo existiendo otras prioridades. De cualquier manera, nunca faltó el recuerdo de los cumpleaños con el chocolate preparado por mi madre junto con algún refresco casero y la torta grande aportada por mi tía, ya como una tradición. Se compartía, con la presencia de familiares y amigos que, mientras los mayores conversaban animadamente adentro, los otros, en el fondo, nos castigábamos con una pelota de trapo o de goma. Hasta que llegaba el llamado para el chocolate y la torta, previo el lavado de manos obligatorio, y marchábamos todos para adentro.
Todo esto hubiera ocurrido aquel 16 de julio si no fuera porque Don Obdulio Varela y sus muchachos decidieron lo contrario en aquel enorme estadio con 200.000 brasileños que esperaban la casi segura coronación de los suyos. Pero aquí también el diablo metió la cola… (no sé si el diablo o el señor, que muchos dicen que está en la otra puerta del cielo) y entre Schiaffino y Ghiggia les ahogaron la fiesta. Y nos enloquecieron a nosotros en todos los rincones del país.
Yo vivía entonces en Carmelo, en una casa en la calle Libertad, en la manzana que ahora ocupa el Liceo 1. Habíamos quedado con mis viejos en que la reunión, en las condiciones que contaba antes, se hacía después del partido. Yo, para escucharlo más tranquilo, crucé la calle a la casa de mi amigo Víctor Hugo y participé de toda la emoción del relato de Don Carlos Solé. Estábamos callados y nerviosos, hasta que llegó el “Tero”, otro amigo del barrio, que con sus gritos y comentarios empezó a caldear el ambiente. Festejamos los goles y el pitazo final de aquel míster que arbitraba y lloramos junto a los relatores y comentaristas. Y salimos a la calle como todo el mundo.
Carmelo, única ciudad fundada por Artigas, tiene por patrona según la religión católica a la Virgen del Carmen. De ahí su nombre. Y el 16 de julio, que es su día, hay una importante procesión y llegan peregrinos de todo el país y también desde Argentina. Esta vez, y a causa del partido, el Padre Querubín había adelantado el horario de la misa y los fieles, locales y foráneos, se las habían ingeniado, a falta de portátiles y TV en esa época, para escuchar la trasmisión en algún lado.
Con el final del encuentro todo el mundo salió a la calle, se llenó la Plaza Independencia de gente, un cura lacazino futbolero y un apasionado dirigente local hicieron vibrantes discursos desde un estrado que en forma casi mágica apareció al lado de la fuente (algunos sacrílegos afirmaban que era el que a veces se utilizaba para las misas) y allí seguimos gritando y vivando a los héroes de Maracaná, recorriendo luego las calles al son de tambores que fueron sumándose y música de parlantes, hasta llegar a la Plaza Artigas. Entonces, los cohetes, bombas y fuegos artificiales que estaban reservados como parte de los festejos del Carmen para más tarde, atronaron e iluminaron el espacio manejados por las hábiles manos de don Paladino, el pirotécnico oficial carmelitano de entonces. Y el jolgorio duró horas y horas. Así festejamos varios miles, en una ciudad que tenía la mitad de los habitantes de hoy, aquella hazaña de la camiseta celeste.
Ustedes se preguntarán: ¿y el cumpleaños? Ah sí… se suspendió por falta de quórum, ya que el de los 15, los dueños de casa y los invitados se fueron, en avalancha, a festejar durante el resto del día algo mucho más trascendente. Lo que no recuerdo fue el destino de la torta, el chocolate y los refrescos de limón y naranja. Pero tirarse no se tiraron, de eso sí estoy bien seguro.
Y volviendo al principio, debo decir que a mis compañeros del Taller de la memoria los apabullé de tal manera con el relato de aquel 16 de julio, que tuvieron que recurrir a términos muy sutiles para pedirme, sin ofender, que me callara la boca.
